Teoría de la corrupción
Por Andrés L. Mateo
Cuando el presidente Leonel Fernández habla de la corrupción, los grandes arquetipos mentales con los que intenta siempre impresionarnos son desahuciados por meras imágenes sensoriales. Las ideas le salen artríticas, antañonas. Y desde la decepción uno piensa que cuánto más cambian las cosas, más idénticas permanecen.
No se puede explicar la desbordada corrupción del presente situando la historia como si la corrupción fuera una naturaleza, una esencia de la dominicanidad; porque la corrupción se vincula con un orden histórico particular, con un manejo del poder, con una ideología patrimonialista, con la ausencia dramática de instituciones verdaderas; y no con las grandes formas neutras de la naturaleza humana. Lejos del ser, los humanos están anegados en las cosas. La corrupción no es una maldad de origen, sino un vastísimo sistema circulatorio, una enorme palanca de movilidad social. Quienes mejor lo saben ahora son los funcionarios ex pequeño-burgueses del PLD.
En 1978, los perredeístas no pudieron encarcelar ni uno solo de los corruptos. Y siguiendo la escuela de Balaguer, produjeron su propia camada de corruptos, y se adhirieron a la saga de usurpadores de la riqueza pública que cuentan con la impunidad y el olvido. Pero el peledeísmo, viniendo de una prédica moral, nos clavó con violencia en lo impensable, en las alucinaciones y los simulacros, en la desventura de vivir la práctica de la hipercorrupción como un discurso invertido. Por eso cada palabra con la que alguien trata de envolver el fenómeno de la hipercorrupción actual, ella misma las engulle. La ignominia del espectáculo de la hipercorrupción estriba en que ha comenzado a detestar su propia naturaleza. En una encuesta de la Gallup, el 98% de los dominicanos percibía corrupción en el gobierno, es decir, que los propios corruptos la perciben.
La corrupción que hoy nos espanta se relaciona con el hambre de poder, con la vocación de eternidad de nuestros gobernantes. ¿No aumentó un 33% la nómina pública en los meses previos a la reelección? ¿No siguió aumentando después, como pago a los 426 movimientos y los 12 partidos que la apoyaron? ¿A dónde fueron a parar los 55 mil millones del erario para la reelección? ¿No ha sido entregado el Estado a parcelas políticas corruptas? ¿Los contratos grado a grado, el clientelismo qué son? ¿El nepotismo, el tráfico de influencias, las comisiones, no son privilegios políticos? ¿A qué obedecen las prioridades en la ejecución presupuestaria? ¿La mayoría de los funcionarios acusados documentalmente de corrupción no formaron movimientos reeleccionistas y preservaron rangos y salarios, aún después de haber sido destituidos o reciclados?
El Presidente puede seguir haciendo flores de retórica, pero él no puede hablar de la corrupción como si fuera un analista social, lejano y admirado, como se porfía en hacernos creer.
Fuente: http://www.clavedigital.com/App_Pages/opinion/Firmas.aspx?Id_Articulo=14314&Id_ClassArticulista=221
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