De espejos y espejismos
Esther Hernández Medina
Probablemente usted, como yo, ha recibido mensajes del tipo: “el dominicano no se emborracha, se da un jumo”, “el dominicano no se lanza, se jondea” y muchos otros. Y probablemente usted, como yo, se ríe y los disfruta (perdón, ¡se los goza!) porque nos reconocemos en ese espejo. Aún si el espejo no refleja todo lo que usted o yo queremos que defina el ser dominicana o dominicano, el hecho de que entendemos el chiste demuestra nuestra conexión con esa realidad.
También están los exámenes de “Dominicanidad 01” a los que nos sometemos mutuamente, pero en persona para que vean nuestra cara de exageración: “¡¿Que a tí no te gusta la pelota?! ¡Nooooooo, pero tú no eres dominicano!”, “¿Que tú no comes mondongo? ¡¿Pero m’ija, de dónde e’ que tú ere’?!” Y eso está bomba caché, mi gente, porque esos espejos que llevamos en la cabeza son nuestras visiones de quiénes somos. Reflejan lo que Benedict Anderson llama la nación como una “comunidad imaginada”. Aunque es imposible que conozcamos a todo el mundo personalmente, nos vemos e imaginamos como parte de la misma comunidad.
Ahora bien, en todas las naciones también imaginamos espejismos. Imágenes que, a nuestro juicio, reflejan la realidad como si esa “realidad” fuera de piedra. Pero la nación cambia constantemente, sea por el contacto con la diáspora, el acceso a más información vía el Internet, por la integración de grupos nuevos en esferas nuevas (por ejemplo, muchas mujeres que no eran parte del mercado laboral), etc. Ese parece ser el caso del planteamiento de que “la sociedad dominicana es fundamentalmente conservadora”.
La última encuesta de la Gallup indica que esa frase no se corresponde con la realidad actual. El aborto, uno de nuestros temas más temidos y controversiales, es aprobado por 8 de cada 10 personas si continuar el embarazo pone en peligro la vida de la madre. Sí, mi gente, leyeron bien: 8 de cada 10 personas. Esta es una realidad muy distinta del espejismo presentado por la iglesia católica, las iglesias evangélicas y tantos políticos que dicen representar el “sentir del pueblo”. Y eso es sin tomar en cuenta que muchas mujeres no contestan lo que piensan por miedo a la opinión del entrevistador asi que la proporción de mujeres que están de acuerdo puede ser mayor. Es más, sólo el 14% de las personas entrevistadas considera que este tema debe abordarse en la Constitución.
Ya no es simplemente que el espejo suyo es diferente al mío. Es que estamos cambiando y somos más capaces de bregar con los dilemas de nuestra realidad de lo que creemos. Fíjense que ese nivel de aceptación del aborto como salida de emergencia (aún considerándola “inmoral”) es muchísimo más alto que el mostrado en la encuesta DEMOS hace poco más de un año: un 80% en la Gallup frente a un tercio en la DEMOS. Lamentablemente, las preguntas en ambas encuestas son muy diferentes así que no sabemos si el aumento es el resultado de diferencias metodológicas, del debate público que hemos tenido (¡por fin!) a propósito del artículo 30 o ambas penas a la vez.
La triste realidad es que entre 80,000 y 100,000 mujeres se hacen abortos anualmente. Esas son cifras terribles. ¿Por qué? Porque la gran mayoría son mujeres sin los recursos para hacerse ese procedimiento en condiciones médicas seguras. Por suerte, como planteara Denise Paiewonsky, la población reacciona de manera diferente ante escenarios concretos y desgraciadamente comunes (como niñas violadas por sus familiares o embarazos que ponen en riesgo la vida de la mujer) que ante planteamientos abstractos.
Si esta posición la tiene el 80% en un país mayoritariamente católico, la iglesia católica está perdiendo su influencia a pesar (o quizás precisamente debido a) sus campañas medievales de intimidación. De manera similar, la investigadora Mariví Arregui encontró en un estudio en los años 90 que muchas católicas utilizan varios métodos anticonceptivos a pesar de la prohibición de los mismos en la doctrina católica. Parece que como sociedad debemos prestar más atención a lo que hacemos que a lo que decimos, porque hasta lo que decimos está empezando a cambiar.

Comments are closed.