15 Ago 12:44 pm

Lecturas dominicales

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Haciendo la guerra para traer `paz’

Por Noam Chomsky | © La Jornada

Se libra un debate en la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre una política que podría parecer indiscutible: un marco internacional para evitar crímenes graves contra la humanidad.

El marco es llamado responsabilidad para proteger, o R2P, en lenguaje de la ONU. Una versión restringida del R2P, adoptada durante la Cumbre Mundial de la ONU en 2005, reafirmó derechos y responsabilidades aceptadas con anterioridad por países miembros y, en algunas ocasiones, ejercidos por ellos.

Sin embargo, las discusiones sobre el R2P o sobre su primo, intervención humanitaria, son perturbadas regularmente por el cascabeleo de un fantasma en el armario: la historia, hasta el presente.

A lo largo de la historia, pocos principios de asuntos internacionales se aplican generalmente. Uno es la máxima de Tucídides de que los fuertes hacen lo que quieren mientras que los débiles sufren como deben.

Otro principio es que virtualmente todo uso de fuerza en asuntos internacionales ha venido acompañado de retórica excelsa sobre la solemne responsabilidad de proteger las poblaciones sufridas, así como de justificaciones objetivas para ello.

Prefieren olvidar la historia

Comprensiblemente, los poderosos prefieren olvidar la historia y mirar hacia adelante. Para los débiles, ésta no es una opción inteligente.

El fantasma del armario apareció en la primera disputa considerada por la Corte Internacional de Justicia (CIJ) hace 60 años; el caso del Canal de Corfú sobre un incidente que involucró a Gran Bretaña y Albania.

La CIJ determinó que únicamente puede considerar el supuesto derecho de intervención como manifestación de una política de fuerza, que como tal ha originado, en el pasado, los abusos más serios y, como tal, no puede, cualesquiera sean los defectos en la organización mundial, encontrar un lugar en el derecho internacional … ; desde el origen de las cosas (la intervención) estaría reservada para los estados más poderosos, y fácilmente podría llevar a pervertir la propia administración de justicia.

La misma perspectiva moldeó el primer encuentro de la Cumbre del Sur de 133 estados en 2000. Su declaración, seguramente teniendo en mente el bombardeo de Serbia, rechazó “el así llamado `derecho’ de intervención humanitaria, que carece de sustento legal en la Carta de Naciones Unidas o en los principios generales del derecho internacional”.

El texto reafirma la Declaración sobre Relaciones Amistosas de la ONU (1970). Ha sido repetido desde entonces, entre otros, por el Encuentro Ministerial del movimiento de los no alineados en Malasia en 2006, representando otra vez a las víctimas tradicionales en Asia, África, América Latina y el mundo árabe.

Se llegó a la misma conclusión en 2004 por el Panel sobre Amenazas, Retos y Cambio de la ONU. Determinó que dentro de la Carta de la ONU el artículo 51 no necesita ni extensiones ni restricciones a su alcance desde hace tiempo entendido.

Añadió que para los impacientes con tal respuesta, ésta debe ser que, en un mundo lleno de amenazas potenciales percibidas, el riesgo para el orden mundial y la norma de no intervención sobre la que continúa basándose simplemente es demasiado grande para la legalidad de la acción preventiva unilateral, distintamente a la acción respaldada colectivamente, como para ser aceptado. Permitir que alguien actúe así es permitirles a todos –lo que por supuesto resulta impensable.

La misma postura básica fue adoptada por la Cumbre Mundial de la ONU en 2005, que también declaró disposición para tomar acciones colectivas … a través del Consejo de Seguridad, de acuerdo con la Carta … en caso de que los medios pacíficos sean inadecuados y las autoridades nacionales estén fallando manifiestamente en proteger a sus poblaciones de crímenes serios.

Cuando más, la frase agudiza la terminología del artículo 42 sobre la autorización para que el Consejo de Seguridad recurra a la fuerza. Y la frase conserva el fantasma en el armario –si podemos considerar al Consejo de Seguridad como árbitro neutral, sin estar sujeto a la máxima de Tucídides.

No obstante, ese supuesto es insostenible.

El consejo está controlado por sus cinco miembros permanentes, y no son iguales en autoridad operativa. Un indicador es el historial de vetos –la forma más extrema de violación a una resolución del Consejo de Seguridad.

Durante el último cuarto de siglo, China y Francia vetaron en conjunto siete resoluciones; Rusia, seis; Reino Unido, 10, y Estados Unidos, 45, incluso incluyendo resoluciones para exhortar a los estados a observar el derecho internacional.

Una forma de mitigar este defecto en el consenso de la Cumbre Mundial sería eliminar el veto, en concordancia con la voluntad de la mayoría de la población estadunidense. Pero tal herejía es impensable, tanto como aplicar el R2P en este momento a los que necesitan protección desesperadamente pero que no forman parte de la lista favorecida de los poderosos.

Ha habido alejamientos de la restricción del Canal de Corfú y sus descendientes. El Acta Constitutiva de la Unión Africana (UA) asevera el derecho de la Unión para intervenir en un país miembro … en virtud de graves circunstancias. Eso difiere de la Carta de la Organización de Estados Americanos (OEA), que prohíbe la intervención, sin importar la causa, en asuntos internos o externos de cualquier otro Estado.

La causa de la diferencia es clara. La Carta de la OEA busca refrenar la intervención de Estados Unidos, pero luego de la desaparición de los estados apartheid, la UA no se enfrenta a ningún problema similar.

Técnicamente tengo conocimiento de una sola propuesta de alto nivel para extender el R2P más allá del consenso de la cumbre y la extensión de la UA: el reporte de la Comisión Internacional de Intervención y Soberanía de Estado sobre la Responsabilidad para Proteger (2001).

La comisión considera la situación en que el Consejo de Seguridad rechaza una propuesta o no la encara en tiempo razonable. En ese caso, el reporte autoriza acción dentro del área de jurisdicción de organizaciones regionales o subregionales … sujeta a que soliciten autorización subsecuente del Consejo de Seguridad.

En este punto, el fantasma del armario se sacude ruidosamente. Los poderosos determinan unilateralmente su propia área de jurisdicción. La OEA y la UA no pueden hacerlo, pero la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) sí puede, y así lo hace.

La OTAN ha determinado que su área de jurisdicción se extienda a los Balcanes, Afganistán y más allá.

Los derechos expansivos acordados por la Comisión Internacional en la práctica se ven restringidos únicamente a la OTAN, violando los principios del Canal de Corfú y abriendo la puerta al R2P como arma de intervención imperial a capricho.

La responsabilidad de proteger siempre ha sido selectiva. Por tanto, no se aplicó a las sanciones contra Irak impuestas por Estados Unidos y el Reino Unido y administradas por el Consejo de Seguridad, condenadas como genocidas por los distinguidos diplomáticos a cargo, ambos de los cuales renunciaron como protesta.

En la actualidad, tampoco se piensa en aplicar el R2P a la gente de Gaza, una población protegida de la que la ONU es responsable.

La peor catástrofe en África

Y nada serio está contemplado sobre la peor catástrofe en África, si no es que del mundo: el sanguinario conflicto en el este de Congo. Allí, recién informó la BBC, las multinacionales una vez más han sido acusadas de violar una resolución de la ONU contra el tráfico ilícito de minerales valiosos –con lo que se financia la violencia.

El R2P también es invocado para responder a la hambruna masiva en los países pobres.

Hace varios años, el Unicef informó que 16 mil niños mueren diariamente por falta de alimentos, muchos más a consecuencia de enfermedades fácilmente prevenibles. Las cifras ahora son más elevadas. Tan sólo en el sur de África se presentan las mismas muertes que en Ruanda, no en 100 días, sino diariamente. Sería fácil actuar bajo el R2P, si sólo hubiera voluntad.

En éstos y otros casos numerosos, la selectividad se ajusta a la máxima de Tucídides y a las expectativas de la CIJ de hace 60 años.

Pero las máximas que guían principalmente los asuntos internacionales no son inmutables y, de hecho, se han suavizado durante los años como resultado del efecto civilizador de los movimientos populares.

Para tal reforma progresiva, el R2P puede ser una herramienta valiosa, muy parecida a lo que ha sido la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Aun cuando los estados no se adhieren a ésta, y algunos la rechazan parcialmente de forma oficial (incluyendo, crucialmente, el país más poderoso del mundo), sirve empero como ideal al que pueden apelar los activistas para ingresar esfuerzos educacionales y organizacionales, a menudo efectivamente.

La discusión sobre el R2P pudiera ser similar. Con un grado de compromiso suficiente, desafortunadamente todavía no detectable entre los poderosos, podría resultar verdaderamente significativo. [ibyqueen]

El género abandonado

La comedia no goza de buena reputación en el cine contemporáneo, frente al aplaudido exceso de dramas. También se pueden tratar asuntos serios con gracia.

Por JAVIER MARÍAS | © BABELIA

Pese a ser libros graciosos algunas de las obras maestras indiscutidas de la literatura universal -El Quijote, Tristram Shandy, El sueño de una noche de verano, Alicia en el País de las Maravillas y hasta Los viajes de Gulliver-, el humor y la comedia no gozan de mucha reputación entre los críticos y estudiosos actuales. Es como si cualquier asunto, por importante que sea, resulte “rebajado” si es acometido con ligereza y con ironía y sin aspavientos, y en cambio el tono grave y campanudo venga inmediatamente premiado, aunque los asuntos que con él se traten sean baladíes o trillados o impostados. Lo peor -lo que hace pensar que estamos ante una tendencia general de nuestro tiempo, que no se limita a lo literario- es que con el cine ocurre lo mismo. Es sorprendente comprobar cómo en una época que se presume menos ingenua que cualquier otra anterior -bueno, el presente siempre cree eso-, los críticos y los espectadores son más fáciles de engañar que nunca, y cómo el “gesto” de los autores -sean literarios o cineastas- acaba predominando sobre lo que en verdad dicen sus obras. Alguien presenta su nueva película como “muy profunda” o “muy desgarrada”, como “coral y mestiza”, como una “denuncia” de esto o lo otro, como “una reflexión sobre las miserias del ser humano contemporáneo”, y acto seguido parece como si casi nadie fuera capaz de distinguir lo anunciado por ese autor de lo que contempla luego en la pantalla. Se supone que la misión de los críticos es justamente esa, distinguir sin dejarse persuadir por la grandilocuencia, pero ya casi nunca lo logran. Si una película tiene el ademán ampuloso, o se ocupa con enorme solemnidad de un tema “serio” -el paro, el maltrato a las mujeres, la explotación de los países pobres, el Holocausto, la eutanasia, algo social a poder ser-, al instante se califica tal película con dos de los adjetivos más falaces y tontos de cuantos se tienen a mano, a saber: “necesaria” e “imprescindible”. Falaces y tontos porque no hay ninguna obra de arte -ni siquiera del pasado- que sea una cosa ni la otra. Es cierto que el mundo no sería el mismo si no hubiera habido literatura ni cine, pero sí lo sería si no hubiera existido la obra de cualquier autor determinado, con las posibles excepciones -sólo posibles- de Shakespeare y de John Ford, los cuales, dicho sea de paso, cultivaron la comedia, y no sólo como género, sino que la hicieron aparecer también, aquí y allí, en sus mayores tragedias. O, expresado de otro modo, nunca se permitieron presentar éstas con el gesto ampuloso. El que es bueno de verdad nunca lo necesita. Sólo lo necesita el farsante.

Se aplauden incondicionalmente películas solemnes y huecas como las de Lars von Trier o González Iñárritu o hace ya más años la horrenda El piano de Jane Campion, por no hablar de españolas como Mar adentro, Los lunes al sol o alguna de Medem, y las loas son tan unánimes y conminatorias que quien no se suma a ellas es visto como un hereje. Les llueven los premios y el reconocimiento, por lo que no es nada extraño que los cineastas con ambiciones artísticas no se atrevan a rodar jamás una comedia. Las que se hacen son estrictamente comerciales, facilonas y chuscas, es decir, sin ambiciones, cosa que sí tenían las comedias clásicas auténticas, las de Billy Wilder y Lubitsch y Capra, las de Donen y Cukor y Minnelli y Edwards, las de Hawks y Leisen y Chaplin, las de Dino Risi y Comencini en Italia, las de Mackendrick y Crichton en Inglaterra, las de Berlanga y Ferreri en España. Las suyas son comedias profundas, si la combinación es aceptable -y no veo por qué no-, que maravillan por su ingenio y su ritmo y su gracia, pero que además no se olvidan nada más salir de la sala. El apartamento y Primera plana y El bazar de las sorpresas, Ser o no ser y La fiera de mi niña y Luna nueva, Desayuno con diamantes y Mi desconfiada esposa y Página en blanco, La escapada y Todos a casa, El verdugo y Bienvenido, Mr. Marshall, todas ellas dejan huella y emocionan, a la vez que divierten sin cesar y arrancan de vez en cuando la carcajada. Uno las ve con una sonrisa en el rostro, pero es una sonrisa emocionada. ¿Hace cuánto tiempo que eso no nos sucede? Extrañamente, sólo hay retazos de aquello en películas con cierto humor de mala sombra, como algunas de Tarantino o de los hermanos Coen.

Ahora pasan por comedias obras que carecen enteramente de varios de los elementos característicos del género: la elegancia, la ausencia de subrayados, la sutileza, la complicidad de buena ley con el espectador, y por supuesto la alegría, aunque fuera una alegría melancólica a veces. Pasan hoy por comedias memeces rudimentarias como Sexo en Nueva York o Guerra de novias, por mencionar dos que me he tragado hace poco, cosas amorfas y ñoñas, sin guión y sin encanto. También pasan por tales las películas que protagonizan una serie de “cómicos” detestables y sin atisbo de gracia que no comprendo cómo tienen éxito: Ben Stiller, Adam Sandler, Will Ferrell, Rob Schneider, los ya veteranos y sosísimos Steve Martin y Jim Carrey, y el más reciente y abominable, un tal Seth Rogen que al parecer hace reír a los jóvenes “modernos” (?). Hasta Woody Allen ha recurrido a algunos de ellos en un par de ocasiones, y no sé qué es más deprimente, si tal rebajamiento o su caída en el más absoluto ridículo en cuanto ha puesto una cámara en España. Y, dicho sea de paso, es significativo que a Allen le lleguen los mayores elogios cuando se pone trascendente, como en la tramposa y autoplagiaria Match point -una pobre variación de Delitos y faltas-, y abandona la comedia. Otro tanto puede decirse respecto a Clint Eastwood: cuanto más tremendista y afectada es la historia que cuenta, como en Mystic river o en Million dollar baby, más parabienes recibe, mientras otras películas suyas menos pretenciosas y severas y “griegas”, como Deuda de sangre o Gran Torino, son despachadas como “menores” rápida y despectivamente. Parece que vivamos en un mundo pomposo y dramático y grave, en el que no tienen cabida la gracia ni la ligereza.

Nada, pues, incita a hacer comedia, menos aún alta comedia. En cuanto un actor o una actriz interpretan un papel de loco, o de idiota, o de ciego, o de fea -si la actriz es guapa-; si hacen el histérico en la pantalla, o aparecen en ella desgarrados o histriónicos, o imitando a un borracho o a un drogadicto o a alguien real con una nariz postiza, o poniendo acentos raros, se los premia en el acto con un Oscar: es algo sabido que, cuanto peor y más exagerado y risible esté un buen actor en un film, más posibilidades tiene de llevarse la ignominiosa estatuilla. En cambio, lo que es casi seguro es que no la conseguirá jamás nadie por su actuación en una comedia, y sólo así se explica que nunca la obtuviera uno de los mejores intérpretes de la historia, Cary Grant, y que Jack Lemmon sólo la alcanzará como principal por un pesadísimo y mediocre papel dramático: el pecado de ambos fue participar en demasiadas películas de ese género hoy casi abandonado y que sin embargo, a los que aún crecimos con él, nos enseñó algunas de las mejores lecciones. Una de ellas, por cierto, fue no ir por la vida como van tantos críticos y espectadores de este siglo nuevo -con la solemnidad pintada en la frente-, y saber que en todas las situaciones, hasta en las más tristes y dramáticas, siempre hay algo que nos hace gracia, y que así nos alivia o nos salva. [fontanamoncada]

África

Por José Saramago | © Boomeran(g)

En África, dijo alguien, los muertos son negros y las armas son blancas. Sería difícil encontrar una síntesis más perfecta de la sucesión de desastres que fue y sigue siendo, desde hace siglos, la existencia en el continente africano. El lugar del mundo donde se cree que la humanidad nació no era ciertamente el paraíso terrenal cuando los primeros “descubridores” europeos desembarcaron (al contrario de lo que dice el mito bíblico, Adán no fue expulsado del edén, simplemente nunca entró en él), pero con la llegada del hombre blanco se abrieron de par en par, para los negros, las puertas del infierno. Esas puerta siguen implacablemente abiertas, generaciones y generaciones de africanos han sido lanzadas a la hoguera ante la apenas disimulada indiferencia o la impúdica complicidad de la opinión pública mundial. Un millón de negros muertos por la guerra, por el hambre o por enfermedades que podrían haber sido curadas, pesará siempre menos en la balanza de cualquier país dominador y ocupará menos espacio en los noticiarios que las quince víctimas de un serial killer. Sabemos que el horror, en todas sus manifestaciones, las más crueles, las más atroces e infames, barre y asola todos los días, como una maldición, nuestro desgraciado planeta, pero África parece haberse convertido en su espacio preferido, en su laboratorio experimental, el lugar donde el horror se siente más a sus anchas para cometer ofensas que creíamos inconcebibles, como si los pueblos africanos hubiesen sido señalados al nacer con un destino de cobayas, sobre las que, por definición, todas las violencias serían permitidas, todas las torturas justificadas, todos los crímenes absueltos. Contra lo que ingenuamente muchos se obstinan en creer, no habrá un tribunal de Dios o de la Historia para juzgar las atrocidades cometidas por hombres sobre otros hombres. El futuro, siempre tan disponible para decretar esa modalidad de amnistía general que es el olvido disfrazado de perdón, también es hábil en homologar, tácita o explícitamente, cuando tal convenga a los nuevos arreglos económicos, militares o políticos, la impunidad de por vida a los autores directos e indirectos de las más monstruosas acciones contra la carne y el espíritu. Es un error entregarle al futuro el encargo de juzgar a los responsables del sufrimiento de las víctimas de ahora, porque ese futuro no dejará de hacer también sus víctimas e igualmente no resistirá la tentación de posponer para otro futuro aun más lejano el mirífico momento de la justicia universal en que muchos de nosotros fingimos creer como la manera más fácil, y también la más hipócrita, de eludir responsabilidades que solo a nosotros nos caben, a este presente que somos. Se puede comprender que alguien se disculpe alegando: “No lo sabia”, pero es inaceptable que digamos: “Prefiero no saberlo”. El funcionamiento del mundo dejó de ser el completo misterio que fue, las palancas del mal se encuentran a la vista de todos, para las manos que las manejan ya no hay guantes suficientes que les oculten las manchas de sangre. Debería por tanto ser fácil para cualquiera una elección entre el lado de la verdad y el lado de la mentira, entre el respeto humano y el desprecio por el otro, entre los que están por la vida y los que están contra ella. Desgraciadamente las cosas no siempre suceden así. El egoísmo personal, la comodidad, la falta de generosidad, las pequeñas cobardías de lo cotidiano, todo esto contribuye para esa perniciosa forma de ceguera mental que consiste en estar en el mundo y no ver el mundo, o solo ver lo que, en cada momento, sea susceptible de servir a nuestros intereses. En tales casos solo podemos desear que la conciencia venga, nos tome por el brazo, nos sacuda y nos pregunte a quemarropa: “¿Adónde vas? ¿Qué haces? ¿Quién te crees que eres?”. Una insurrección de las conciencia libres es lo que necesitaríamos. ¿Será todavía posible? [lilibrik]

La historia prohibida de Felisberto Hernández

La obsesión de un hombre por su colección de muñecas, y en particular por una que llega a ser su amante, se narra en Las Hortensias, el relato del escritor uruguayo que luego de veinte años vuelve a editarse. Inmoralidad y conservadurismo se mezclan detrás de un cuento magistral.

Por Diego Erlan | © CLARIN

Del otro lado del teléfono, Mabel baja la voz: “Esta es la posibilidad de sacar del terreno de lo prohibido un relato considerado magistral”.

Mabel es María Isabel Hernández, una de las dos hijas de Felisberto y se refiere a “Las Hortensias”, el cuento que su hermana Ana María nunca quiso que volviera a editarse. “Las herederas –explica Mabel desde México, donde es profesora de la UNAM– somos simples administradoras de una obra que no nos pertenece. Pertenece a su autor. Es decir que debemos velar por la difusión de la obra de nuestro padre y cuidar que las condiciones de publicación sean decentes y adecuadas: ésta es mi posición y no ha variado nunca. Durante veintiún años he esperado que mi hermana dejara de plantear restricciones que no comparto, y que, lejos de aminorarse, últimamente se han acrecentado”. Por esta razón y gracias al progresismo de la ley de propiedad intelectual argentina, Mabel aceptó la iniciativa de El Cuenco de Plata por editar una obra que desde los años 80, cuando la publicó Siglo XXI en el Volumen II de las Obras Completas, resultaba inconseguible.

Las Hortensias no es el único cuento prohibido. Según la agencia de Carmen Balcells, uno de los herederos también vetó (“por razones personales”, dicen) los cuentos El árbol de mamá y Ursula. Ninguno de los libros que acaban de salir, como la reedición de Nadie encendía las lámparas (RM) o que están en galeras como Cuentos reunidos (que en setiembre lanzará Eterna Cadencia), incluyen estos relatos.

Pero, ¿qué hay en Las Hortensias para querer prohibirlo? El poeta y ensayista Roberto Echavarren recuerda que al publicarse El espacio de la verdad. Práctica del texto en Felisberto Hernández (Sudamericana, 1981), Ana María le cuestionó la ausencia “de algo muy importante en la obra de su padre: la relación entre Felisberto y Dios”. “Mi libro está lleno de carencias”, le dijo Echavarren, “pero en toda la obra de Felisberto no hay ni una preocupación por Dios”. La respuesta de la prohibición, entonces, quizás se encuentre en la supuesta inmoralidad del protagonista. Escrito en Francia, a fines de los años 40, “Las Hortensias” narra la historia de Horacio, un hombre “extravagante” que está obsesionado con su colección de muñecas “un poco más altas que las mujeres normales”, que componen escenas en las vitrinas de una sala, y en particular, obsesionado con Hortensia, la muñeca idéntica a su esposa, María, de la cual comienza a enamorarse. Anterior al Yo, robot, de Asimov y los replicantes de Blade Runner, Felisberto no se engolosina con lo que podría ser un detalle de onanismo argumental y desarrolla, según Mabel, “el proceso de deterioro de la conciencia de Horacio que llega hasta la enajenación total”.

Echavarren interpreta el elemento de la muñeca con el fenómeno de la coquetería y tal como explica Georg Simmel en su artículo sobre el tema, la muñeca es el elemento de la coquetería que nunca se entrega, que no se sabe si consiente o no la posesión.

“Las Hortensias” también es uno de los pocos relatos en toda la obra narrativa de Felisberto (paradigma de la supuesta literatura del yo y la autorreferencialidad) que está escrito en tercera persona. ¿Sólo un gesto? Todos sus cuentos, que no son dominados por la conciencia sino por la expresión, por los sueños, por lapsus, actos fallidos y símbolos, son recorridos por elementos lyncheanos en común: habitaciones oscuras, pianistas que deambulan solos en pueblos de provincia y brindan conciertos en teatros sin público. De este modo, Felisberto se queda encerrado en sí mismo, atento a las voces de un mundo que sólo es suyo.

Es curiosa la dedicatoria escrita en lapicera que se lee en Las Hortensias: “Para María Luisa, en el día que ha dejado de ser mi novia”. Para Echavarren no hay que olvidarse de un dato fundamental: este cuento, Felisberto lo escribe en París cuando está de novio con María Luisa de las Heras, la espía rusa que viajó con él a Uruguay y con la que estuvo casado durante dos años. “La dedicatoria”, dice el ensayista, “es un elemento un poco siniestro, y en este relato está la figura de la esposa todo el tiempo, como una espía de los espectáculos de las Hortensias, que finalmente se disfraza de muñeca para asustarlo”. La conexión es simple: María = esposa; Luisa = amante del fabricante de muñecas. ¿Hortensia? El segundo nombre de Juana Silva, su madre. Pero como se preguntaba el escritor Robert Walser, ¿acaso no es bello que en nuestra existencia quede algo desconocido, extraño, como detrás de una pared recubierta de hiedra? La vida de Felisberto permanece en su obra, en esos sótanos oscuros donde emana la creación literaria. [giecoleon]

La isla: ¿una e indivisible o Federación de Estados?

Por José Tobías Beato | © mediaIsla

Ahí está el asunto. En una misma coexisten, hoy por hoy, dos sociedades distintas con dos Estados: Haití y República Dominicana. Cada uno de ellos, ambos a la vez, puede considerar ser absolutamente independiente, vivir como si no fuesen vecinos.

Tal pretensión no iría muy lejos, porque lo cierto y verdadero es que se trata de una misma isla, no muy grande en extensión, por cierto. Hay tareas comunes: la conservación de los ríos, los bosques, la fauna común. La historia y la vida cotidiana muestran su interrelación y su inevitable cooperación económica.

Por otro lado, algunos, muchos, a decir verdad, pretenden hacer vigente la vieja tesis de Louverture: la isla es una e indivisible. Un haitiano llamando a un programa dominicano en Miami, sostenía no hace mucho tiempo que era lo mismo vivir en Puerto Príncipe que en La Romana. Por eso cruzan la frontera como anda “Pedro por su casa”, y no les interesa discutir seriamente el problema migratorio, ni poner orden en la relación entre los dos países. Y así no puede ser, ni en República Dominicana, ni en ningún otro sitio.

La tesis de Toussaint Louverture tenía sus causas bien fundadas: los negros liderados por él luchaban no solamente por la independencia política de Haití, sino sobre todo, por la eliminación de la esclavitud. Si del lado oriental había una potencia que promovía la esclavitud, la liberación que habían obtenido recientemente estaría siempre en peligro. Y España, como la Francia napoleónica, era una potencia esclavista. Entonces estaba más que justificada la pretensión de hacer de la isla una sola nación. Por eso Toussaint cruzó la frontera y anuló la esclavitud en toda la isla.

Pero de viejo son otras las condiciones. No obstante, la tesis de la indivisibilidad de la isla, aceptada en los hechos mediante una invasión pacífica indetenible, tolerada por el gobierno dominicano y estimulada por el haitiano desde hace muchísimo tiempo, promovida bajo cuerda por comerciantes de ambos lados y por políticos que sacan ventaja de la situación, conducirá a la violencia tarde o temprano.

Es la lección de la historia; en el siglo diecinueve con los horrores de las invasiones haitianas, su régimen de veintidós años en Santo Domingo y en 1937, cuando Trujillo, en una acción promovida por intelectuales antes y secundada por los mismos vigorosamente después, ordenó la “dominicanización de la frontera”: veinte mil haitianos muertos fue cuando menos el saldo.

Se dirá que hoy las cosas son distintas…….pero los que tal dicen parece que no se han enterado de la violencia en el sureste de Europa en el pasado reciente, ni la que hay en África actualmente por causas similares.

Pero hay una tercera tesis, sostenida por graves intelectuales de muy distintas ideologías y de ambos lados, aunque aquí yo referiré solamente las de los dominicanos. Bueno, el primero que propuso la confederación antillana fue el maestro y gran humanista puertorriqueño, Eugenio María de Hostos, en 1875 en su Cuna de América. Pero como en ese momento ni su patria ni Cuba eran libres o independientes, a su juicio esa federación debía comenzar con Haití y Santo Domingo.

La idea hostosiana fue recogida por su discípulo Américo Lugo, uno de los grandes hombres de principio que ha dado América, y uno de los intelectuales de mayor rango que ha producido el suelo quisqueyano; hombre de palabra alada y de severidad mental germana. En un artículo publicado en el Listín Diario a finales de abril de 1914, cuando la intervención norteamericana estaba a las puertas, titulado “Protesta”, el destacado abogado y pensador plantea que en vez de odiarse, haitianos y dominicanos deben confederarse, proclamando una política internacional de no intervención.

Al tiempo que deberían aunar esfuerzos para el estudio y explotación de la flora y los minerales de la isla; creando una marina de guerra común y una mercante. Y se pregunta: ¿Por qué no se comprende que la idea de la “confederación domínico-haitiana” es la única fórmula que puede salvar la soberanía de la isla y que es además el único medio para eliminar la guerra civil? (Américo Lugo, Obras Escogidas I, Pág. 351, Biblioteca de Clásicos Dominicanos, XIV).

También Juan Isidro Jiménez Grullón, el insigne sociólogo y filósofo, el gran polemista del siglo XX, se manifestó de acuerdo con esa federación de estados, aunque conforme a su ideología, la visualizaba de naturaleza socialista. (La tesis la expuso, entre otros sitios, en el prólogo a la obra de Franklin Franco Los Negros, los Mulatos y la Nación Dominicana).

Hasta el doctor Joaquín Balaguer estuvo de acuerdo con la tesis federativa, pese a ser el político que más combatió a José Francisco Peña Gómez, aquel negro dominicano de voz de acero que encarnaba el ideal de un cambio social más justo para una gran cantidad de dominicanos (incluidos ciertamente los domínico-haitianos, porque es una mentira del tamaño del Pico Duarte, que los dominicanos, como pueblo, maltratan a los haitianos; pues si así fuera, no hubiesen cientos de miles de ellos en territorio dominicano haciendo negocios), pero Balaguer lo combatía supuestamente porque podía conducirnos a la unión con Haití precisamente.

Sin embargo, en su obra La Isla al Revés, Balaguer planteó una constitución paralela, común a los dos Estados, y hasta la doble ciudadanía, salvo excepciones, para los naturales de ambos países (J. Balaguer, La Isla al Revés, Pág. 220, 1983). Porque así era el doctor, tenía posturas ambivalentes, a ratos contradictorias: una para el presente y otra para la historia.

Pues bien: la tesis está planteada, los argumentos expuestos. Es hora de racionalizar y ordenar las relaciones entre ambos países y evitar así males mayores. [José Tobías Beato, escritor dominicano. Reside en Florida]

Toni Morrison: El racismo no desapareció

En su nueva novela, Una bendición, Toni Morrison vuelve a tratar el tema de la esclavitud y cuestiona el mito del sueño americano. En esta entrevista, la Premio Nobel habla además de los temas recurrentes en su obra y dice que Obama representa el inicio de algo nuevo.

Por Xavi Ayen | © La Vanguardia y Clarín

Unas antiguas dependencias de la policía de Nueva York, reconvertidas en imponente edificio de departamentos de lujo, acogen en la Gran Manzana el dúplex que la escritora Toni Morrison llama modestamente “mi estudio”. Allí nos recibe para una entrevista que se prolongará, unos días después, en el cercano campus de Princeton, en el que da clases y tiene otra casa, en la avenida principal. Morrison es un auténtico ídolo en EE.UU., la gente la detiene por la calle, la abraza y le comenta sus inquietudes más personales, como si la conocieran de toda la vida (“A mi marido ya no le hago tanta ilusión, ¿sabes?”). Antes de llegar a su piso, en el quiosco de la esquina, encontramos varias revistas negras, escritas por periodistas negros y que hablan de famosos negros (deportistas, presentadores, actores, políticos…), como si existiera un mundo sólo de negros, al igual que, al lado, hay revistas que se diría sólo de blancos. Estados Unidos tiene un problema racial aunque, con la llegada de Barack Obama a la presidencia, las cosas estén cambiando a marchas forzadas. La novela favorita de Obama es, precisamente, La canción de Salomón, que Toni Morrison escribió en 1977, una saga familiar ambientada en los guetos raciales de los años 60. Morrison es el único Premio Nobel vivo de Literatura con nacionalidad estadounidense, y la principal testigo literaria de todos esos cambios que se están produciendo. Cronista de la epopeya de una raza castigada, de personajes que sufren, viven y aman con intensidad, ha publicado recientemente la novela Una bendición. Su voz y sus gestos derrochan tanta autoconfianza como feminidad (“¡No, no me hagan fotos ahora! –comenta–, espérense a la fiesta de fin de curso en la universidad, por favor, que me habré arreglado y puesto guapa”).

—¿Por qué vuelve al tema de la esclavitud en su nueva novela?

—No escribía sobre la esclavitud desde 1987, cuando publiqué Beloved. Entonces quise mostrar cómo aquel sistema nos convirtió en infrahumanos a todos. Ahora he querido cuestionar la mitología de este país, ese cuento de hadas nacional sobre cómo era EE.UU. en sus inicios. En los siglos XVII y XVIII, este fue el punto de encuentro de todo el mundo, vino gente de todos los lugares del planeta. Y la esclavitud todavía no se había asociado a la raza negra.

—Gracias a esta novela, se descubre que también había esclavos de raza blanca…

—Así es. Los esclavos eran los parias, los más pobres, miserables y desafortunados, fueran del color que fueran. Más tarde, el racismo separó a los pobres blancos de los pobres negros y se creó una subclase nueva, incluso por debajo de los peores.

—En los años en que se desarrolla su novela, ni siquiera existía Estados Unidos…

—Había colonias y una recepción constante de gente, un movimiento de población humana enorme, un aluvión de gente de todo el mundo que venía aquí atraída por los recursos naturales, por el oro, por la vegetación…

—En ese contexto, las religiones fueron muy importantes…

—Lo relaciono con esa idea tan americana del individualismo: el mito de vivir solo, sin familia o abandonándola para irse a vivir aventuras, es algo que forma parte del imaginario de la nación americana, con la figura del cowboy, un tipo duro, como su máximo exponente. Pero a mí me importa saber qué sucede cuando el hombre se va. ¿Qué tipo de familia y de personas genera eso? La mujer se queda sin ningún apoyo, sola con los niños, y entonces llama a las puertas de la iglesia, que le ofrece ayuda e integración en una comunidad. También he querido transmitir la experiencia que supone llegar a un país desconocido, solo, sin nada en los bolsillos… pero eludiendo esas mentiras del sueño americano.

—Aquí, como en otros de sus libros, aparece un hombre que transforma a la mujer.

—No quise darle un nombre propio, lo llamo el herrero. Libre, africano, negro… Para él, la esclavitud es una cuestión de mentalidad. La esclavitud fue algo universal, se dio en todos los países y regiones. La aportación de mi país fue asociar la raza negra a la falta de libertad, eso fue algo premeditado, construido, legalizado por diferentes procedimientos especiales, con el fin de proteger los privilegios de los más ricos, creando un sistema político, económico y social a gran escala que descansaba sobre la base del trabajo no pagado. Y el racismo todavía sigue operando hoy, mostrando su eficacia como instrumento para perpetuar las divisiones en contra de lo que debería ser una verdadera democracia.

—¿Entonces el racismo no ha desaparecido?

—No. Ni tampoco la esclavitud, que ya no es una institución formal, pero sí existe la absoluta falta de libertad, que es lo mismo.

—¿Cómo describiría a Florens, su personaje principal?

—Ella es joven, hermosa… y se enamora. Lo que suena normal, pero después se convierte en una obsesa, de un modo en que eso ya no es amor, es como una…

—¿Pero todo amor no es una obsesión?

—Nooooo. (Se ríe) He escrito el libro Amor, en el que intento distinguir diferentes tipos de amor: a Dios, a los amigos, a esto y lo otro… Hay muchos tipos de amor. Y sólo los niños tienen amor auténticamente puro.

—Muchos de sus personajes son niños, de hecho.

—Tal vez por eso. Busco en ellos esa pureza de amar. Mi personaje sirve para darse cuenta de que nunca hay que entregarse completamente a nadie de ese modo.

—En los 90, usted dijo: “Mi misión es dar voz a los que no la han tenido, a los negros de América”. ¿Lo ha conseguido?

—Sí. La primera generación de un pueblo oprimido es siempre gente silenciosa, desarrollan en su interior una conciencia de la opresión pero no hablan sobre ello. La siguiente generación ya lo hace un poco, empieza a exteriorizar su queja. El silencio es roto, por ejemplo, en las canciones. En el caso de los americanos africanos, bastante gente escribió libros acerca de su historia, pero esa realidad no estaba presente en las novelas. Y ese reto me fascinó, el sentimiento de ser capaz de hacerlo.

—¿Escribe sobre un personaje colectivo?

—Yo lo veo muy diferente. No hago una moralización del negro, no hay los negros que son de una manera. Hay negros buenos, hay negros malos, algunos vagos, otros racistas, otros felices, otros cansados… como el resto del mundo. De hecho, con el tiempo, los críticos están analizando mis novelas de otra manera: se dan cuenta de que la raza no es el único tema presente en ellas, de que hablo del amor, del perdón, de la sexualidad, de los cambios en la estructura familiar, de cuestiones éticas y filosóficas.

—¿La América posracial existe, ahora con Obama?

—Hay algunos cambios, lo veo en los estudiantes que tengo, son más maduros. La diversidad del campus se ha multiplicado. Pero todavía hay profundas zanjas que dividen a la gente por el color de su piel, no hay más que mirar las estadísticas sobre pobreza, crimen o nivel educativo y cruzarlas con los datos de las etnias. El éxito de Obama es estimulante, extremadamente importante, y marca el inicio de algo nuevo, el deseo de superar las divisiones por razas. Se puede sentir por todos lados esta nueva actitud, una excitación que lo invade todo. Hará cosas que no nos gusten, a mí me rebela el mesianismo que algunos profesan hacia su figura. Pero el simple hecho de su victoria ha hecho que a mucha gente le desaparezca el miedo. Es como ponerse en marcha otra vez, hay cosas elementales que ya no hay que explicar.

—Usted tardó en apoyarlo…

—Me gusta mucho Hillary Clinton. Cualquier persona capaz de ganarle a Bush me parecía bien. Estudié detenidamente a los candidatos demócratas y, al final, lo apoyé a él, pero no me basé en criterios de raza ni de género para decidirme, lo apoyé porque estaba muy preparado. La gente no ha votado a Obama porque fuera negro, sino por las cosas que proponía.

—¿Cómo ve a Obama? ¿No va a decepcionarla?

—Espero que no lo haga, claro, porque no me llama cada día por teléfono para preguntarme: “Toni, he pensado emprender esta medida, ¿a ti qué te parece?”. No vivimos en un mundo perfecto.

—¿Cuándo fue la última vez que la llamó?

—Hablé con él dos veces, durante la campaña electoral.

—Parece que es un fan de “La canción de Salomón”, ¿no?

—¡Sí! Me estuvo hablando de ese libro y de lo que le había afectado. Mire, él tiene que gobernar y eso significa que tiene que tratar con mucha gente, con los congresistas y senadores, no puede hacer las cosas solo, decidir: “OK, sanidad para todos” y ya está, para conseguirlo tiene que persuadir, maniobrar, hablar con mucha gente, transaccionar… Eso es gobernar, es un trabajo duro y complicado. Considerando que sólo lleva unos meses, y que ya ha hecho que se muevan más cosas que en toda una década, creo que hay que verlo positivamente.

—Usted aprecia, además, sus cualidades literarias.

—¿Ha leído sus memorias? Es un buen escritor, muy bueno, cosa que pocos políticos son porque no suelen leer nunca literatura. Es ameno, tiene ritmo, utiliza metáforas profundas.

—Vivió la depresión de los 30. ¿Cómo ve la crisis de ahora?

—En los años 30 vivimos una vida realmente miserable porque éramos pobres, había un montón de familias realquiladas viviendo en las habitaciones de pisos de otras familias… Sobre la situación actual, lo más precioso de todo es que el capitalismo está acabado. Toda aquella mierda se ha acabado. Parece un milagro. En The New York Times vemos aparecer esposados a esos millonarios que tenían tantos yates y tanto dinero escondido en Suiza, a esos oligarcas que ganaban un millón de dólares a la semana. Esos excesos se han acabado, ya no podemos más. Eso es bueno. Este país puede volver a empezar. Tras el 11—S, ¿cuál fue el mensaje que nos envió el presidente Bush? Apareció solemne en la tele y nos dijo: “Vayan al cine, a las tiendas, ¡compren!”. ¡Compren! ¿Usted cree? Era un comerciante, no un presidente, hablaba no a ciudadanos sino a consumidores. No nos dijo que fuéramos a ver a nuestros vecinos y les diéramos un abrazo.

—¿Cómo la cambió el Nobel?

El principal cambio se dio en cosas superficiales como el dinero. Lo mejor es que he concentrado mucha más atención sobre mí y mi obra. Pero no he cambiado mi vida doméstica, o mi vida como escritora. Ni el Nobel ni nada de lo que me ha dado me hace mejor escritora o mejor persona.

—¿Cómo es un día normal en su vida?

—No soy muy disciplinada, en los períodos en que escribo lo hago dos o tres horitas al día. Para mí no es un trabajo, siempre me he ganado la vida de otra manera: como editora, como profesora…

—¿Quién es Chloe Wofford?

—Soy yo. Es el nombre que figura en mis documentos y como me llaman mi familia y mis seres queridos.

—¿Y quién es, entonces, Toni Morrison?

La mayoría de la gente me conoce por este nombre. Pero los que me conocen bien me llaman Chloe, Toni Morrison es como un apodo. Me sirve para separar al personaje, la escritora que ganó el Nobel, de la persona real, que es la importante.

Morrison Básico | Lorain, Ohio (EE.UU.), 1931. Escritora

Estudió Humanidades en las Universidades de Howard y Cornell. Publicó su primera novela, Ojos azules, en 1970, pero fue con La canción de Salomón (1977) que cosechó el elogio de la crítica especializada y el interés de los lectores. Esa novela ganó el National Book Critics Award. Beloved (1987), donde narra la historia de una esclava que mata a su pequeña hija para salvarla de la esclavitud, le valió su consagración definitiva y el Premio Pulitzer. Siempre escribió a favor de los derechos civiles y ha sido notable su compromiso en la lucha en contra de la discriminación racial. Autora de otros títulos como Jugando en la oscuridad (1992), Paradise (1999) y Amor (2003). En 1993 ganó el Premio Nobel de Literatura. [giecoleon]

El silencio de Galileo de Luis López Nieves, circulando ya

Durante más de cuatrocientos años la paternidad del telescopio, el instrumento que transformó nuestra visión del universo, ha estado en disputa. ¿Lo inventó el italiano Galileo Galilei? ¿El alemán Hans Lippershey? ¿O los holandeses Zacarías Janssen y Jacobo Metius?

Una presunta descendiente de Galileo le encomienda a la doctora Ysabeau de Vassy, profesora de historia de La Sorbona en París, la urgente tarea de resolver esta controversia histórica. Tras una larga aventura que la lleva a varios países europeos, la profesora hace una serie de descubrimientos que cambian para siempre la historia de la ciencia occidental.

En El silencio de Galileo, la nueva y apasionante novela de Luis López Nieves, su autor vuelve a darles vida a varios personajes entrañables de El corazón de Voltaire. Concebida en la tradición de grandes series de novelas como La comedia humana de Honoré de Balzac y Los Rougon-Macquart de Émile Zola, esta obra de López Nieves regresa al fascinante mundo cibernético-epistolar en el que habitan sus personajes. Pulse aquí para más información.

Luis López Nieves es autor del relato histórico Seva, uno de los mayores éxitos literarios de Puerto Rico. Su novela El corazón de Voltaire ha sido aclamada por la crítica literaria internacional como una de las obras más originales del siglo XXI. López Nieves ha ganado el Premio Nacional de Literatura de su país en dos ocasiones. Es doctor en Literatura Comparada por la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook. También es el fundador y director del primer programa de Maestría en Creación Literaria de América Latina (en la Universidad del Sagrado Corazón, en San Juan de Puerto Rico) y de la Biblioteca Digital Ciudad Seva. Desde el 2007 ocupa la posición de Escritor Residente de la Universidad del Sagrado Corazón.

El silencio de Galileo ya está disponible en España, Colombia, Puerto Rico, Venezuela y Estados Unidos. Estará disponible en el resto de América Latina en septiembre 2009. [www.ciudadseva.com]

El Sur también existe, pero mal

En Argentina se trenza la creación literaria, la desacertada política cultural y el enriquecimiento de los Kirchner

Por FOGWILL | © BABELIA

Aquí en el Sur, la influenza estacional se suma a la crisis económica global para aplastar el mercado de libros. El canal librero es tan débil que una merma del 10% al 20% lo deja en su límite de subsistencia. En los barrios de Palermo, Belgrano y San Isidro quiebran tiendas y restaurantes, pero las librerías se obstinan poniendo énfasis en la oferta infantil. Es que a los niños ricos, con colegios, clubes, espectáculos y centros de compras temporariamente vedados, les ha llegado, finalmente, una oportunidad para tratar de leer. No ocurre lo mismo en otras zonas donde lo último que alcanza a pensar un padre es que su hijo sea capaz de quedarse quieto y mudo fuera del alcance de un televisor. Mal les va a las cadenas de librerías que apostaron a abrir locales en los shopping ahora despoblados y estigmatizados por la publicidad oficial que alienta el ausentismo. Por ahora, las pérdidas sólo ocasionan moras impositivas, salariales y de arriendo, pero tarde o temprano la industria editorial pagará las pérdidas alargando plazos y aumentando sus créditos a libreros y distribuidores.

Y sin embargo siguen apareciendo libros. Como siempre las mejores novedades corren por cuenta de pequeños editores: en plena crisis y terrorismo médico-viral, aparecieron no menos de cinco libros muy interesantes, de esos que tarde o temprano se hablará en España. Son obras de autores jóvenes y desconocidos hasta por sus amigos: la editorial unipersonal Paradiso, lanzó Sol artificial,

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