Nadie quiere justicia
Probablemente Juan Cabrera estaba muy tranquilo la madrugada en que llegó a él la brisa de su desventura. Era un cinco de octubre de 2008, domingo por más decir. Probablemente la noche estaba clara, con una de esas lunas de cimitarra de la que se cuelgan dos o tres estrellas; pero a la hora en que nos interesa quizás la luna estaba ya muy alta o venía de regreso de su exploración nocturna en busca de alguien que la entienda. Porque eran las dos de la mañana. Y él estaba trabajando; como trabajan casi todos los Juan Cabrera del mundo. Tenía 63 años y aunque era pensionado, seguía trabajando –Algunos dirán que eso no era bueno, otros dirán que tenía la suerte de estar trabajando a pesar de tener más de 60 años y de estar pensionado. Pero él no se preocupaba por esas preguntas. Había leído un poco y pensado lo suficiente a lo largo de su vida y sabía que las cosas son como vienen y que uno las recibe y que ellas hacen con uno lo que quieren, o uno hace con ellas lo que puede, lo que debe, o lo que le gritan que haga las entrañas.
Juan Cabrera era sereno, tranquilo. Y también era sereno de la planta de gas de Centro Gas Dominicano de la Calle Central del Café de Herrera. Era lo que decimos un “guachimán”. A las dos de la mañana, ocultos en unos matorrales de afuera de la planta, desde los que se podía ver a Juan Cabrera, dos, tres… cuatro hombres lo vigilaban, seguían sus pasos por el patio de la planta o entre oficina y galpón, o entre el desvencijado sillón en que se sentaba con una radio vieja y el portón que a veces iba a comprobar si seguía cerrado con cadena y candado –él mismo había cerrado, pero a esa hora, con tanto tiempo y media noche todavía por domar, qué más se puede hacer que ir a ver lo que ya se sabe. Ellos venían a tomar “lo suyo”. Lo vaqueaban mientras un carro los esperaba a prudente distancia. Agazapados, esperaron. Y cuando sintieron que era el momento oportuno (cuando se tiene suficiente experiencia eso se siente), una hora después, entraron. Juan Cabrera murió esa madrugada. El médico legista dijo que fue aproximadamente a las tres de la mañana. Lo encontró a las seis el sereno que iba a cubrir el turno que iniciaría a esa hora. El turno de Juan había terminado, pero él no lo supo. Asesinado, en un “intento de robo”, que enfrentó. Asesinado por ¿dos, tres, cuatro ladrones? Que no robaron nada, ni siquiera el revólver y la escopeta del guachimán y policía retirado.
Algún tiempo antes, su hija había sentido un sobresalto grande, un vacío en el estómago, pero no como el del miedo escénico sino como el de una desesperación que no tiene nombre y que ni siquiera se distingue tan bien como para poder señalarla con el dedo. Con cierto encono, enfático, él advertía a alguien por teléfono, de que eso no se podía permitir, que las cosas no eran así. Había denunciado que en la distribución del gas, en la venta, varias personas habían urdido una complicidad tosca para robar una parte del combustible. Le contó con pocas palabras a Solanlly, y le dijo que había hablado con el administrador de la planta. Y que no se preocupara.
Cuando en la mañana del 6 de octubre ella supo de su muerte, al dolor, a la congoja, al nudo en la garganta y el fuego mojado en los ojos, se unió el ramalazo de la intuición, de la sospecha, de saber que de algún modo ella sabía algo. Supo que su padre había muerto, supo que ya no estaría más con ella, que se había ido, que esa sensación de separación, de lo inasible iba a crecer en sus sentidos.
Y también conoció, en el resumen veloz de su conciencia y su inconsciencia por los vericuetos de sus recuerdos y sus percepciones, que el balance que de su padre ella tenía era el de un hombre bueno, un hombre honesto. Y eso para ella era importante. Tanto, que supo también que muchos planes y proyectos y expectativas que había estado impulsando en su joven vida de 22 años hasta apenas dos días antes, quedaban aplazados. Ahora lo que correspondía era la Justicia. Lo que correspondía era honrar a su padre. Porque sin quererlo sabía que en este país cuando matan a nadie todos hacen como si no hubiese pasado nada, miran para otro lado, siguen su camino y no se preocupan. Para el que crece entre los pobres, la muerte trágica de alguien no es un asombro. Le sobrecoge sí, cuando esa muerte golpea cerca y el que fallece es conocido o uno de los suyos. La muerte es una compañía importuna pero leal. Y las muertes instrumentadas –no ocurridas sino hechas, a la medida—dispuestas, perpetradas, incurridas, maduradas, ejecutadas por manos y mentes humanas, casi siempre quedan impunes. Por eso comenzó a querer saber qué había ocurrido, comenzó a querer saber qué estaba haciendo la policía para capturar a los responsables. Y comenzó a querer que se hiciera justicia.
Fue así como aprendió que la Policía investiga, indaga, descubre indicios, persigue pistas, presiona a los detenidos por otros crímenes parecidos para que digan si saben algo sobre este crimen. Y que cuando captura a los que han sido sindicados, implicados, denunciados –si éstos tienen armas–, somete tales armas a lo que ellos llaman “análisis de balística”. Eso fue lo que se hizo en este caso. Y resultó que una de las armas que la policía le “ocupó” a uno de los detenidos era con la que habían matado a su padre. Y a otras tres personas entre septiembre y noviembre de 2008. Solanlly conoció que el procedimiento dispuesto por el Código Procesal Penal dominicano es que la Policía entrega todos los resultados de la investigación al Ministerio Público, los fiscales, y que éstos introducen el caso ante un Juez de Instrucción, que debe decidir conforme a la ley, si basado en lo que presenta el Ministerio público, él debe disponer si los acusados deben guardar prisión preventiva o ser dejados en libertad o en libertad bajo fianza o en arresto domiciliario.
Entonces ella entendió eso de “cuando matan a nadie”. Porque se dio cuenta desde temprano de que había como una discrepancia entre lo que disponía la ley y esa relativa displicencia que reinaba, como una tranquilidad, como un aire caliente en los juzgados, en los despachos, en los destacamentos, que hacía que todo marchara de una forma extraña, como vidriosa, como normal de un modo raro, que no era la forma en que ella había visto que marcharan las cosas en la vida. No es que fueran lentas o rápidas, era que sucedían como en otro tono de luz, en otra frecuencia de sonido, como en el cuarto de al lado, pero dado que a ella le estaban sucediendo era como estar dentro de algo que al mismo tiempo está lejos. No le gustó, no era lo que quería para con su recuerdo sobre su padre. Y acometió, se empecinó en no dejar que las cosas “fueran como son”. Por eso, desde el 5 de octubre en que su vida cambió, no ha dejado las cosas en paz. Porque solo así ella siente que tendrá en paz a su padre.
Y eso explica cómo una muchachita de un barrio de la ciudad, joven y sin experiencia en estas cosas ha impulsado un proceso en el que a ese tedio profesional de los juzgados, a esa connivencia sonriente de los pasillos y los despachos, los ha confrontado con recusaciones de fiscales (que es como se llama cuando una víctima o el representante de una víctima rechaza el papel que el ministerio público está jugando en un caso), con recusaciones del juez, con reclamos a la policía para determinar dónde está el arma con la que mataron a Juan Cabrera y sobre la que la unidad especializada de la policía hizo un estudio de balística que demostró que también había matado a otras tres personas, entre ellas una oficial de la AMET. Es por lo que no la han cansado los “reenvíos” con los que los tribunales agotan a las hijas, esposas, hermanas de los guachimanes, choferes, obreros, chiriperos y demás nadies que mueren violentamente o en lo que ese tedio de instituciones llama “circunstancias no esclarecidas”. No se ha dejado amilanar porque se hayan suspendido audiencias porque a los presos “no los han bajado”. No la ha vencido el que uno que otro fiscal o abogado le haya dicho o haya dicho para que ella lo escuchase “que ese caso es débil y va a terminar archivado”; “qué todos sabemos pa´donde va a parar esto”. No ha aceptado la insistencia de muchos de los que la rodean de que “no se puede creer en la justicia” y de que “con unos cuantos pesos yo te pongo en contacto con alguien que te resuelve eso” en alusión a pagar por obtener “el beneficio de ver convertidos en cadáveres” a los hasta ahora supuestos responsables de la muerte de su padre.
Ella ha insistido. Y cuando ha sentido que se ahoga en la impotencia ha hablado y buscado entre aquellos que están más cerca de su corazón. Porque finalmente ha entendido. Ha comprendido que los hechos ocurridos hasta ahora son solo piedras para hacer el camino de lo que tiene por hacer.
Y entonces su voz se salió de los pasillos, de los despachos y los tribunales porque en ese aire viciado el recuerdo de su padre y los méritos que ella le guardaba no podían respirar suficiente, y buscó en otro lado, y comenzó a hablar y convocar y tejer redes con los nosotros, los que tenemos que ir con ella en este proceso, los que estamos concernidos por el propósito de que algún día haya justicia, haya derecho, haya equidad, jueces que juzguen conforme al derecho, fiscales que no cejen en el cumplimiento de su deber, autoridades que sean guía moral en fin transparencia, buen gobierno, y que este no sea un país lleno de nadies que son abusados y olvidados. Por eso nos convoca, nos invita, a que estemos con ella el próximo jueves, el día veinte de Agosto, en el Palacio de Justicia. Porque ella sabe que ese día no termina nada, sino que comienza un caminar que no se detendrá.
Lugar: Palacio de Justicia de la Provincia de Santo Domingo
Sala de audiencias b, cuarta planta
Dirección: Av. Charles de Gaulle No. 27, Santo Domingo Este
Hora: 9:00 a.m.
Para más información llamar al 809-788-3191 o escribir a palomanat@gmail.com / indajoven@yahoo.com

2 Comments
agosto 19th, 2009 at 10:15 am
La solidaridad entendida como amor al prójimo nos da la fuerza para resistir y anteponernos a la impunidad que reina en nuestras instituciones estatales. Despertar, acudir, participar, protestar por solidaridad y amor a quienes nos rodean es la mejor respuesta que podemos dar en estos tiempos de rencores, individualismo, mercantilismo sin cuartel y desvanecimiento de la dignidad humano tirada por el suelo y arrinconada en tribunales que no funcionan para quienes no tienen F.