Leonel y la educación
Por Andrés L. Mateo
Cualquiera piensa que era una meta exagerada el 4% para la inversión en educación consignado en la Ley 66-97 promulgada por el presidente Leonel Fernández en el 1997.
Pero el más somero vistazo a las escalas del financiamiento público en educación en el resto de los países americanos nos indica que ese porcentaje del Producto Interno Bruto (16% del gasto público total), lo que nos hubiera permitido apenas es alcanzar el nivel de inversión que la región tenía para esa época.
Los datos revelan que tanto el presidente Fernández, en su gobierno del 1996 al 2000, como el presidente Hipólito Mejía, en los dos primeros años de su gobierno, tenían conciencia de la importancia de mantener el ritmo de la inversión pública en educación, puesto que el ascenso sostenido del gasto en educación llegó en esa época, por única y última vez, al 2.5% en porcentaje del PIB.
En términos contundentes, de lo que hablamos es de que un país gobernado por un hombre que se proclama a sí mismo como abanderado de la posmodernidad, invierte el 2% del PIB en el financiamiento de la educación, en contraposición con el promedio de la región que va de un 4.5% a un 4.7%.
En el “Informe Nacional de Desarrollo humano 2005” se prevé que para un país con las características del nuestro el mínimo de la inversión debería ser 4.6% del PIB. Y ello no para empujar una revolución en el sistema, sino para cubrir las necesidades mínimas del desempeño.
Somos el país que menos invierte en educación en América Latina, y tenemos un presidente que se llena la boca citando en todos los cónclaves internacionales a los pensadores de la posmodernidad.
Pero si su discurso tuviera relación con su práctica aplicaría las ideas de Peter Drucker (ideólogo de la posmodernidad que suele aterrizar en su mente cuando un discurso florido requiere de un argumento de autoridad), para quien en la vida posmoderna “el verdadero recurso dominante y factor de producción de riqueza absolutamente decisivo no es ya ni el capital, ni el trabajo, ni la tierra, sino el conocimiento”.
¿Qué puede esperar un país, en un gobierno de un “modernizador”, cuyo concepto de prioridad es destinar el 29% menos de la inversión pública en educación que los otros países de similar desarrollo en la región, en relación con el ingreso percápita?
No estamos haciendo una pregunta retórica, porque los resultados están ahí, y si el Metro es su orgullo, el desempeño de la educación debería ser su vergüenza.
Si fuera posmoderno la educación debería ser su pasión. Si creyera en el poder liberador del saber, amara al hombre culto. Pero en él todo es un uso, una pose, un discurso de ilusionista.
¡Oh, Dios!
Fuente: Clave Digital.
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